Reencarnación, ¡oh si! Media docena por favor

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reencarnación

Reencarnación. La palabra interesa con sólo escucharla. Para quienes creen ciegamente en ella, así como para sus detractores es un motivo de discusión.

La idea de que no suceda nada después de la muerte nos aterra y para muchos y cada vez más la idea de un paraíso terrenal y -mucho más todavía- la de un infierno, parece cada vez más absurda. Y la reencarnación llega como un chupa chupa que nos asegura que después de todo es posible que… ¡naaahhh! Fijo no nos morimos, fijo volvemos.

Muchos agarramos la idea para vernos como cruzados o sacerdotes egipcios o emperadores chinos. Otros buscamos en las miradas de quienes nos rodean a quiénes estuvieron con nosotros en otros tiempos.

Pero es que, en buena lid, no hace falta morirse para reencarnar. Estamos reencarnando continuamente.

Si sólo nos lo permitimos podemos vivir media docena de vidas intensas y hermosas en un solo período vital.

Y, aunque no se lo permitamos a veces la vida nos fuerza a morir y renacer, así a güevazos.

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Porque nos guste o no. Somos, inevitablemente, aves fenix.

En algún libro leí que los aborígenes australianos tienen una costumbre llamativa, por decir poco.

Resulta que ellos no celebran los cumpleaños si no que, cuando una persona cambia de oficio, de manera de ver la vida, o lo que sea, hace una celebración y se cambia el nombre. Pasa de ser, por ejemplo: “Hombre que teje canastas” a “Hombre que encuentra agua”. Y toda su gente le celebra el cambio.

Y es que nos sucede a todos. Si recordamos momentos claves de nuestras vidas vamos a ver como reencarnamos una y otra vez.

Y si somos fieles a nosotros mismos, las reencarnaciones son tan fluidas que apenas las notamos.

Cuanto más comprometidos estemos con cualquier otra cosa -fuera de nosotros mismos- más las resistiremos. Al final, son una forma de muerte. Si.

Dejemoslo suceder, como el agua que llega a la catarata… ¡Dejémonos caer!

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Un ejemplo personal:

Yo recuerdo cuándo fue la primera vez que pensé en ser guía de turismo. No tenía diez años. (Enano de otro cuento). Y cuando por fin lo conseguí, toqué el cielo. Y fui una guía de turismo intensamente feliz por décadas.

Pero así como recuerdo el momento en que decidí serlo, recuerdo el momento exacto en que dejé de ser guía de turismo.

Iba con un grupo de estudiantes hacia el Arenal y una chavala me preguntó por las plantas ornamentales luego de que había hablado de ellas al detalle.

Escuché la pregunta y no me moví de mi asiento frontal. Seguí viendo por el parabrisas por uno o dos segundos, de ésos instantes que confirman la relatividad del tiempo porque se te hacen eternos.

Me enojé. Me sentí harta de los pasajeros. No quería contestarle. No quería volverme siquiera. Estaba absolutamente harta de ella y de todos.  Recuerdo hasta pensar en la posibilidad de bajarme en cualquier lado y agarrar un bus para mi casa.

Me volví, le contesté con una sonrisa y seguí trabajando. Pero supe, con toda certeza que yo ya no era guía de turismo.

Trabajé varios años más, pero la magia había desaparecido totalmente. Guiar se había convertido en un trabajo tan monótono como pegar botones en una fábrica. Y lo hacía exclusivamente por dinero. La alegría había muerto.

Desde ése momento a éste, en que escribo esto, han pasado varias vidas. las prioridades han cambiado, los objetivos, las creencias, las rutinas y hasta los paisajes han cambiado casi subrepticiamente.

Aunque mi esencia siga siendo la misma. De vida en vida. 

Creo que no soy una excepción. Estoy segura de que si te ves a vos y tu historia podrás ver tus reencarnaciones. Este es sólo el ejemplo más cercano que tengo para citar.

Creo en vivir a fondo lo que sea que estés viviendo hoy. Hasta la médula. Sin rollos, y sin tanto cuestionamiento.

Y creo en dejarlo morir para que venga el próximo.

Morir nunca es fácil. Tenés que dejar todo lo conocido. Animarte a probar no ser más lo que has sido hasta ahora.

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Quebrar el huevo que te ha protegido hasta ahora para poder volar. Lo que sea que vayás a ser te espera con los brazos abiertos. Pero hay que quebrar el huevo. Dejar la seguridad y la comodidad.

Y suena muy chiva a los veintes, ya para los treintas lo ves con cara de “¿En serio?”. A los cincuentas puede dar franco terror.

Si sos fiel a vos mismo, el parto no es tan rudo.

Pero hay que dejarse morir. Dejar ir lo que creías que eras para convertirte en lo que vas a ser ahora, por un tiempo, hasta que te murás de nuevo.

Y en cada muerte, un nacimiento, una resurrección, una reencarnación.

Esta vaina no se termina, hasta que se termina.

¿Reencarnamos cuando muere el cuerpo? ¡Ay mae! No tengo idea. No me importa, honestamente. No me estoy muriendo en éste momento. Cuando pase me daré cuenta. O no. ¡JA!

No tiene, en este momento, la menor importancia.

Pero abracemos aquello que vamos a ser, en un día, en un año o una década.

Abracemos los cambios que nos llevan a reencarnar, a reconocer en nosotros artes, pasiones y conocimientos que no sabíamos que teníamos.

Se puede morir bien, sin suicidios, sin dramas. Cambiar de forma todas las veces que la vida te lo pida.  Animarnos a ser lo que nunca imaginamos que podríamos ser.

Y sin embargo sospecho que el terror no sólo está en morir. 

Creo que lo que realmente nos da muchísimo miedo es nacer: Vulnerables, pequeños y sin idea de lo que estamos haciendo. Y solos además. 

Tocando ésa inseguridad del carajo que nos provoca la sensación de infancia. Es una mezcla de fascinación y terror. De tremenda fragilidad e inevitable movimiento.

De asombro. De mucho asombro. 

Para terminar.

La vida no se termina hasta que se termina.

El trabajo que te fascina hoy, puede aburrirte mañana. Lo que hoy parece trascendente, para mañana es insignificante y olvidable.

Cuanto menos apego, menos rollo en el funeral de lo que fuimos.

Reencarnamos inevitablemente. Lo único demoledoramente constante en esta vida es el cambio. Dejémonos morir y nacer todo lo que haga falta.

Reencarnemos tranquilamente. Es parte de estar vivos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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