México, día 1.

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México, día 1. Los viajes se parecen a los ponies (Los caballitos esos lindos en los que se basa “My Little Pony”) desde lejos se ven super lindos, pero cuando ya estás montado, te das cuenta de que pueden ser jodidos y te pueden bajar de la silla con una patada al aire.

México día 1.

Después de todo un mes de estarme preparando, estoy acá.

Y no, no estoy feliz. Extraño mi casa, mi jardín, el sonido de los pinos y Olya. Veo hacia afuera de la ventana y el paisaje es un parqueo y carros.

Pero si algo he aprendido es que no se puede, del todo juzgar lo que te está sucediendo si no estás bien vos. O sea, en éste momento, me duelen los pies, y aún tengo el cansancio acumulado de varios días de… ¡de todo!

Por lo que, aunque si me ofrecieran un tiquete aéreo para devolverme hoy mismo lo tomaría sin pensarlo. ¡Pero! no es un buen momento para siquiera juzgar la situación.

Todavía estoy agotada y mi percepción está alterada, por decir poco.

Ayer fue un día muy largo y lleno de emociones. Mi casero, agradablemente inteligente y sensible me dió una bienvenida fantástica y no sólo me enseñó algunos lugares de ésta ciudad gigante, si no que, me enseñó a usar los “peceros” y el metro, que acá es indispensable.

Los peceros (Creo que es con c) son microbuses pequeñas, y van y vienen por toda la ciudad. El metro es de una eficiencia impresionante. No puedo dejar de pensar en aquel minivideo de “Happiness” (link) cada vez que lo uso.

La gente es fenomenalmente amable. En los peceros, que cuestan $5MXN (Como $0.25), la gente se pasa el dinero entre ellos. Es una rutina increíblemente llamativa. “Le pasa esto al conductor por favor… Al Viaducto”… Y la otra persona que está más cerca se los pasa al conductor. Al llegar a la parada, el chofer para.

¿Recuerda? No sé.

Pero para en cada lugar que le indican, aunque esa indicación haya sido entre otras docenas de direcciones y lugares, durante todo el día.

Me parece una humanización impresionante de una ciudad que podría des-humanizar a sus habitantes trágicamente. Pero no. Ellos se hablan, se miran, se saludan: “Soy humano y vos también”. Una lección de humildad, por decir poco. 

Fuimos al Centro Histórico de México, “el Zócalo”(1). Estuve en el 2013, y sin embargo es como si nunca lo hubiera visto. La sensación de asombro se apoderó de mi desde el momento en que, desde las escaleras que suben del metro vi la cúpula de la catedral.

Es más allá de la fascinante arquitectura y la grandiosidad de ésta enorme plaza y sus edificios magníficos.

Es que, caminás sobre la historia que nos marca a todos en Latinoamérica. Caminás en Tenochtitlan. Caminás en la tierra de los Olmecas y los Teotihuacanos, caminás por la historia en la que nuestra sangre y nuestras ganas están marcadas a fuego.

Y si bien siempre estás caminando sobre historia, sin importar en qué parte del mundo estés, esto era el centro de esta parte de América y su caída ante los españoles marca el que yo, en este momento esté, de hecho, escribiendo en éste idioma.

Almorcé una “torta al pastor” (¡la delicia!) y fuimos a buscar tiendas de cómputo y arte.

En la ciudad, todo está organizado de modo que si querés artículos de arte, los encontrás todos en una o dos calles. Ahí están los bastidores, las pinturas, los pinceles y todo lo que se necesite. Si necesitás cosas de computadoras todas están concentradas también. lo mismo las ferreterías o la ropa.

No voy a entrar en el detalle de lo que vi, porque esto ya se está haciendo largo, y, en buena lid, los detalles de la ciudad los encontrás en docenas de blogs y vlogs que hay en Youtube.

Quiero más bien hablar de lo que sentí. Y lo que siento dentro de éste viaje.

Porque al final, eso es lo que hace una experiencia: Cómo te sentís mientras la vivís.

Durante el día me sentí vibrante, con el asombro de la niña absolutamente intacto y fascinado con todo.

Cuando venía de vuelta en el “pecero”, me dejaron a unas calles de acá y me perdí por un rato buscando los apartamentos donde vivo.

Me asusté un poco, ya era de noche y ¡bueh! Al final soy una extranjera en un lugar desconocido. Y además estaba ya exhausta.

Al llegar acá, me plagaron las ganas de estar en mi casa, con mi perra, la chimenea y las estrellas. El apartamento es sumamente agradable (Foto abajo), pero entré por un segundo y medio en auto-compasión y un poco de berrinche.

Me detuve.

No tiene mucho sentido. Digo, me puedo devolver mañana como si nada hubiera pasado.

Si, puedo. Y si quiero. Pero no.

Viajar a esta edad tiene un añadido que no es agradable pero está ahi, como un invitado con mal aliento al que te tenés que aguantar: Tenés más de cincuenta años viviendo lo mismo. El mismo tipo de comida, las mismas calles, los mismos negocios. Cada día que no cambiás de paisaje, es un día que te va a cobrar el cambio.

Si a los veinte la zona de comfort echa raíces, a los cincuentas es una plaga difícil de controlar.

Extrañás cosas tan absurdas como la jarra en la que echás el café o la lámpara con la que leés de noche. Y morís a pellizcos con una insoportable facilidad.

Y al llegar acá, exhausta, cada día rutinario en mi hermoso chalet en San José de la Montaña, me me sacó la lengua y me dijo con sorna: “no es igual, ¿Verdad?”

¿Deberíamos por lo tanto, huir de la tranquilidad de nuestras zonas de comfort?

No creo que haya mucha opción. De las pocas frases que son absolutas en la historia del ser humano, una es “Lo único permanente es el cambio”.

Y como siempre, lo trascendente es ¿cómo vas a reaccionar al cambio?

Sea voluntario o no. Eso no importa.

Aceptar el final de un período hermoso, es llamar al nacimiento de todo lo que está por venir.

Hoy estoy acá, en el apartamento de México. Soy una más entre muchos millones de seres humanos en una ciudad dramáticamente grande.

En éste momento ¿me gusta lo que estoy viviendo? No particularmente. Pero aún estoy cansada, me duelen los pies de tanto caminar y no tengo mucha comida en la nevera.

Realmente no es un buen momento para preguntarme si estoy feliz o no. La respuesta en cualquier caso, no tiene la menor importancia.

Contrario a lo que siempre digo, y esto lo estoy aprendiendo mientras lo escribo: “La vida no se trata de ser feliz, se trata de vivir lo que sea que estés viviendo”.

Sin negar las emociones, ni siquiera evadirlas. Las vivo.

Siento nostalgia, me hace falta mi casa, mis hijos y mi perra. Está bien. Es lógico.

Siento un hueco en el estómago, y tengo ganas de llorar. Está bien, si quiero llorar me voy a dejar llorar.

Pero hoy no me voy a devolver a Costa Rica. Hoy dejo que esta Olga en México sea lo que es.

Hoy voy a pintar, escribir y diseñar. Hoy tal vez vaya al supermercado.

Me trato con cariño, con respeto a lo que siento y a lo que vivo.

Probablemente en un par de días, con las baterías recargadas y después de descansar voy a estar sumamente feliz por la maravilla de experiencia que estoy viviendo.

Hoy me dejo vivir la falta que me hace Olya (Con los hijos y los amigos hablo, con ella no), y toda la belleza en mi vida hasta antier.

Mañana o en tres meses comprenderé (Porque la historia nunca se entiende mientras la estás viviendo) qué hago acá y es posible que el día de mi regreso sienta la misma nostalgia por lo que estoy viviendo ahora.

Por ahora, México día 1: ¡Genial!

 

 

 

 

(1) La Plaza de la Constitución es conocida de manera informal como Zócalo, pues para conmemorar la Independencia de México, en 1843 Antonio López de Santa Anna ordenó la construcción de un monumento, pero nunca se llegó a erigir y sólo quedó en el centro de la plaza el zócalo o base de lo que sería una columna de la Independencia, que permaneció varios años. La palabra “zócalo” se convirtió desde entonces en sinónimo de la plaza central.

 

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